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Soy el más cínico, el menos tierno, el que te seduce con la mirada. Soy el pendejo que colecciona canciones y poemas que siempre te arrancan alguna lágrima.
Alguna vez tuve besos tibios y una mujer que se vestía bien y se desvestía mejor, pero ahora sólo es un suspiro. Extraño sus ojos como destellos y me odio por ser tan pendejo. Soy cliente frecuente del desconsuelo. Y mi propio yo me mira desde el espejo y no me reconoce por completo.
Cada lunes y cada martes me cuesta demasiado trabajo sincronizar mi desinterés con mis obligaciones. Soy demasiado yo, y muy poco lo que los demás esperan que yo sea. Cuesta trabajo ponerme en marcha, a sabiendas de que preferiría quedarme tirado en cama, encerrado a merced de mis delirios, agobiado por mi falta de ambición
Este que carece de ambiciones soy yo. Ya lo he dicho antes, no pretendo ser aconsejado, como tampoco ser asesor de nadie.
Soy un cliente frecuente de la ansiedad. Bebo a solas y maldigo en público. Rehuyo a las multitudes, entiendo mejor a los individuos.
Uno no es simplemente bueno o totalmente aborrecible. Es mucho más complejo. Las deudas me agobian, el sueldo no me alcanza, viajo en Metro, colecciono abandonos, me muerdo las uñas, reniego del gobierno y tengo pocas esperanzas en mi propio futuro.
Me sobran motivos para desconfiar de todo. Me faltan razones para creer en algo. Soy partidario de quemar los recuerdos. Soy enemigo de estacionarme en el pasado. Me sobrepasan las dudas. Me abruman los compromisos. Tiendo a alejar a la gente que me quiere y me maldigo por ser tan estúpido, pero hay cosas que parecen no tener remedio. Soy un desconocido para mi madre, un extraño para mis amigos, y un estúpido para mis contemporáneos. Sólo soy un poco raro, quizá distinto, acaso medio obsesivo.
Una amiga me decía que lo interesante en mí es que siempre creo tener la razón, pero que lo excitante es que casi siempre la tengo.Es lo malo de ser tan analítico, tan duro contigo mismo, tan gobernado por el corazón y asesorado por el cerebro.
Te diría que suspiro, pero los tipos duros no bailan ni se permiten el lujo de acongojarse demasiado. Prefiero azotar a mis musas para que me dicten rimas forzadas o una canción a medias con esta vieja guitarra. Nunca es suficiente. Siempre te faltará algo, un poco de amor, algo de piedad, una mirada de bondad.
Soy ese lobo en celo que aúlla en tus desvelos. Soy el perro que sueña en el traspatio con tus huesos. Soy la bestia que roe tus celos, el escarabajo que habita en tu corazón, el duende que hurga en tus tesoros, ese gato que deja tatuajes en tus muslos. Soy tu madrugada con los ojos abiertos, tus resacas después de una borrachera. Soy la sonrisa cínica en ese retrato que guardas en tus desvaríos, esa caricia que te provoca incendios, soy la memoria de esas noches en que gritas mientras te quemas. Soy todas la bestias que morderán tu cuerpo desnudo sobre la alfombra, a la hora en que los bares se empezarán a vaciar. O como diría una balada muy cursi que apenas y recuerdo: “Soy ese vicio de tu piel que ya no puedes desprender, soy lo prohibido”.
Este calor es insoportable. Son las dos de la mañana y el ventilador sólo atina a despeinarme. El refrigerador ronronea y los gatos se refugian en la azotea. Un aire caliente se cuela por la ventana y me trae oleadas de humedad pegajosa como estos recuerdos que no me dejan dormir tranquilo. A la guitarra se le ha roto una cuerda y las canciones me salen incompletas. Esta madrugada es un paisaje desolado, un infierno postergado, una sombra acechante en el callejón, una puerta hacia ninguna parte, un túnel de tristezas, una almohada que huele al perfume de la ausencia, una sirena de alarma. Mi retrato en el buró me recuerda que el vacío es la distancia entre mi pellejo y los huesos. Cómo carajos no saltar al abismo cuando el vértigo te mueve el piso.
Soy tan torpe que me he especializado en lamentos. Me quejo de todo, aborrezco lo que no comprendo, detesto lo que no controlo. Disculpen la torpeza, pero sucede que estoy deprimido, agobiado por la muerte de un ser querido, y me cuesta trabajo pensar con claridad. De pronto me siento como un niño, me dominan mis caprichos, me abruman los compromisos. Dependo en extremo de mis estados de ánimo, que suelen ser igual de frágiles que una balsa de madera. Y naufrago en mis desvelos. Y desvarío con mis recuerdos. Y añoro los besos en la madrugada. He hecho un pacto con mis demonios internos, sólo que no lo han respetado. No estoy en paz con los dioses, ni en guerra con mis ángeles, sólo pasa que soy demasiado débil para pactar las treguas. Espero que sólo sea una mala racha, porque no creo aguantar tanto. Mis palabras sonarán confusas, con ganas de no decir gran cosa, quizá sea tiempo de reinventarme. Me siento cansado, agobiado por mis miedos, no sé que pasará mañana, y mientras tanto deberé lidiar con mi torpeza.
Soy demasiado torpe en un mundo tan poco práctico.Estoy más solo que ayer y menos triste que mañana.
Soy tan parecido a mí que a veces me doy miedo. Soy el espejo que me recuerda que esta barba de tres días habla de bipolaridades, de extremos que nunca se tocan, de días nublados y tardes lluviosas.
Me declaro inepto ante las cosas más simples, como el amor y las fiestas de cumpleaños y los abrazos cotidianos y un simple “te quiero”.
Soy el saboteador de mis propias promesas, de todo lo que postergo, de lo que a veces sueño, de lo que me queda a la mano, de lo que nunca podré alcanzar por más que me lo proponga.
Me declaro un idiota por llorar a oscuras, por renegar de mi futuro, por escribir mi epitafio cuando debería de pulir mi primer libro.
Soy el perfecto inútil que maldice los noticieros, que colecciona poesía y archiva recuerdos y juega pókar con el destino a sabiendas de que acabaré en bancarrota.
Me reconozco carcelero de mis anhelos, el torturador de mis deseos, el tirano de mi lado malvado, el Maquiavelo de mi lado bueno, el terrorista de mis pocos momentos sanos.
Soy este pobre estúpido que ha jubilado sus sueños antes de tiempo, el torpe que no aprende a lidiar con el amor, el usurero que esconde su corazón dentro del refrigerador, el miserable que ya no sonríe frente a su reflejo.
Me he titulado en cursos de verano, me he graduado como iluso, me he doctorado en decepciones, y aún no encuentro mi vocación en un mundo regido por el dinero.
Soy mucho más de lo que he contado, mucho menos de lo que pretendo. Llevo una máscara en este baile de graduación y todos me miran raro.
Soy demasiado extraño, soy todo lo contrario, soy un ave de paso, soy un león rasurado, soy un pendejo, soy un libro sin final, soy un niño sin recreo, soy un Volkswagen desahuciado, soy una máquina de café en la funeraria, soy un ataúd clausurado, soy una flor de papel bajo la lluvia, soy mi propia banda sonora en disco pirata, soy metáfora sin musas, soy un gato tuerto de peluche, soy una ambulancia en silencio, soy un vampiro desmañanado, soy lo que puedo, soy lo que duele, soy lo que más odio, soy lo que detestas, soy lo que sueñas, soy lo que apenas pudo ser. Soy mi génesis y mi punto final.
Soy como un indocumentado en un país sin esperanza. Soy una explosión de rabia. Soy como tú. Soy tan poco yo. Soy tan demasiado común. Soy una simple lágrima. Soy un ojo abierto que mira hacia la nada.
Me quedan pocas risas. Nulas esperanzas.
Sólo quiero ser menos vulnerable. Sólo quiero llorar en silencio. Sólo espero que ya sea mañana.
La locura se pasea desnuda y se acuesta en mi cama. Hace frío y tengo más miedos que me visitarán de madrugada.
Sé que estas palabras podrán sonar huecas, harto vacías, pero no tengo mejor forma de confesar que siempre he sido un idiota sin remedio. Soy demasiado torpe para valorar lo que tengo, para cuantificar lo que poseo.
Mis fobias son un ejército. Mis filias se cuentan con los dedos. Simpatizo con los débiles. Detesto mi cara en las mañanas. Me peino con los dedos. No me gusta esta mirada. Creo que soy bipolar y mis motores truenan si me esfuerzo. Necesito vacaciones. O tal vez cambiar de oficio y volverme misionero. Mejor no. Soy un pésimo predicador.
Soy el solitario que ve películas en silencio, el que hace el amor besándote todo el cuerpo, el que toca la guitarra hasta las tres de la mañana, el que escribe historias imperfectas, el que reniega del amor como un todo, el que duerme con la tristeza acurrucada, el que te dice al oído las cosas más perversas, el que morirá a solas sin una plegaria, el que sueña con los ojos mirando al techo, el que le mira las piernas a las chicas guapas, el que camina sin cuidarse las espaldas, el que viaja en Metro y detesta las ensaladas, el que come atún con galletas, el que bebe hasta que sus musas bailan desnudas en la madrugada.
Me acuso de ser un tipo complicado, demasiado raro, poco convencional y algo deschavetado. Será debido a eso que duro muy poco en los trabajos, a que me he vuelto experto en boicotear mis rutinas, en dinamitar mis esperanzas.
EL DIABLO
“El diablo y yo nos entendemos como dos viejos amigos.
A veces se hace mi sombra, va a todas partes conmigo.
Se me trepa a la nariz y me la muerde y la quiebra con sus dientes finos.
Cuando estoy en la ventana me dice ¡brinca! detrás del oído…
Nunca se está quieto.
Anda como un maldito, como un loco, adivinando cosas que no me digo.
Quién sabe qué gotas pone en mis ojos, que me miro a veces cara de diablo cuando estoy distraído.
De vez en cuando me toma los dedos mientras escribo”.
(Jaime Sabines)
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caray ya sacame de mi encierro!!!pasa para charlar oki.
mmmmm k bien te describes hasta parece k te fumaste uno antes jejejeje. es broma!!!!!nosotros somos niños buenos!!!
un millon de kisses